Mujeres


Semanas atrás había acordado, con una de mis mejores amigas, Dana Baker, ir a la marcha del 8M. Por mensajes de Whatsapp nos pusimos de acuerdo de la hora en que nos veríamos, la ropa que usaríamos y el punto de partida hacia la manifestación.

Texto por: Lia Dergal

Fotos por: Angélica Rincón

Llego el día, domingo 8 de marzo, eran las 12 del día y yo estaba despertando de una cruda fatal pero eso no me impediría cumplir con mi promesa. Con ningún ánimo y ganas de dormir más, además de un tremendo dolor de cabeza, tomé fuerzas para pararme de la cama y le dije a mi amigo que tenía que irme, que por favor me abriera la puerta. Un poco adormilado se levantó y me dijo: “Me cuentas como te fue, te quiero, ve con cuidado”. Yo había citado a Dana a las 12:30pm en Plaza Metrópoli, ¡y eran 12:15! No creí que llegaría a tiempo, porque aunque la casa de mi amigo estaba muy cerca del punto de partida, tenía que irme caminando, no tenía ni un centavo.

Después de 15 cuadras, con mucha sed y bastante angustia por la hora, ya veía la plaza a lo lejos, solo esperaba que mi amiga no llevara mucho tiempo esperando porque todavía tenía que cambiarme y ponerme el outfit elegido para la marcha. Llegué a las escaleras del Fridays, un restaurante donde siempre nos citamos cuando nos vemos, vi que no estaba y decidí aprovechar para ir al baño y cambiarme.

Lista con mis medias de red rotas, una falda negra corta, un body verde y media coleta, amarrada con una dona verde, salí del baño apresurada y la encontré. Ella venía con otra de sus mejores amigas, ambas venían con pañuelos morados y verdes que cubrían la mitad de sus caras, así como también pulseras y carteles que ellas mismas habían echo. Me sentía fuera de su dúo feminista magnífico, pues yo había decidido no usar ningún distintivo llamativo, ya que se me hacía hipócrita llevarlo pues yo no me considero 100% feminista. Aunque cabe aclarar que iba con el afán de apoyar al movimiento y a todas las mujeres. Y suene cliché o no, yo sí quería gritar y exigir por las que ya no están y también por mi generación y las nuevas, porque yo también estoy harta de tanta violencia.

Era la 1 de la tarde y aún estábamos decidiendo en qué transporte ir. Yo sugerí que por metrobús llegaríamos mejor, ya que a mí el metro no me gusta, y siempre me ha causado angustia. Mis amigas accedieron y emprendimos camino hacia el Metrobús más cercano, el World Trade Center. Caminábamos por las calles de mi barrio, la Nápoles. Estábamos felices y orgullosas de lo que íbamos a hacer ese día, pues a pesar de que las tres somos muy distintas, con distintos pensamientos y formas de ver la vida, teníamos un ideal en común y ese era dejar nuestra pequeña huella y tratar de quitarle al mundo un poco de toda su mierda.

Al llegar al Metrobús pudimos percatarnos que estaba atiborrado de gente, en su mayoría mujeres, quienes se dirigían a la marcha. No se podía pasar y además el transporte no estaba llegando. En lo que pensábamos qué hacer, se nos acercaron unas niñas de Sinaloa que venían de turistas a preguntarnos qué sucedía, mi amiga les explicó y quisieron quedarse con nosotras porque les caímos bien. Sí, ese día la energía positiva invadía el aire. Al cabo de un rato, las amigas nuevas que hicimos y nosotras decidimos tomar un taxi al Monumento a la Revolución, que es donde empezaría la marcha. Lo gracioso de todo esto, es que cuando llego el taxi, quien lo manejaba también era una mujer, con la cual hicimos match al instante y estaba muy emocionada por llevarnos. Todas íbamos en perfecta armonía, felices, unidas y en la misma sintonía, creo que nunca había presenciado algo tan peculiar.

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El tráfico era espantoso, pero típico de la CDMX. En algún momento todas ya estábamos preocupadas por no llegar a la hora en que se nos había citado en el monumento, pues eran las 2 de la tarde y la marcha arrancaba a las 2:30. Por azares del destino, la muchacha que manejaba el taxi, supo una ruta increíble y nos dejó a tan sólo dos cuadras, ya que no se podía ir más adentro en auto. Todas nos bajamos entusiasmadas, despidiendo a nuestra amiga conductora y deseándole lo mejor.

Comenzamos a caminar por la calle y mientras más me acercaba a esa enorme masa de mujeres, la piel se me ponía cada vez más chinita. Era algo inexplicable, extraordinario, mágico. La energía femenina estaba en su máximo esplendor, se podía oler la unidad por todas partes y eso me hacía querer soltar las lágrima fue algo que jamás había sentido. Poco a poco nos convertimos en parte de la mezcla, y digo mezcla porque vaya que lo era. Había mujeres de todas las edades, de todas las razas, de todos los tipos, y de todas las clases sociales. Era como si por un momento nada de eso importara y todas fuéramos una misma, pero a la vez también tan individuales porque cada una conformaba una parte esencial y única dentro del movimiento. Cada una tenía sus razones, su lucha, su idea y su motivo, pero estaban y eso era lo importante. Comenzamos a avanzar y nuestros pasos retumbaban los suelos y nuestros gritos atravesaban las paredes. La fuerza estaba reflejada en cada una de nosotras, cada paso que dábamos marcaba un antes y un después, para que los ojos del mundo los vieran y cada grito, obligaba a oídos sordos escuchar.

Cada metro que avanzaba, me ofrecía algo nuevo que ver, ya fueran carteles ingeniosos, atuendos originales o mujeres gritando su lucha. Y cada kilómetro me ofrecía emociones distintas, en alguno fue rabia, en otro fue tristeza, en otro fue felicidad, en otro fue orgullo y en otro fue admiración.Todo eso me estaba dejando una importante lección, así que aproveché para capturarlo y durante el recorrido tomé varías fotos, todas ellas me inspiraron mucho y todas ellas también significaban algo distinto a pesar de representar lo mismo, pero al final con todas guardé la esencia del momento.

La primera foto era de cuatro mujeres encapuchadas y con paliacates, estaban arriba de una fuente con aguas teñidas de rojo y paredes pintadas con frases que exigían justicia. Otra de ellas y una de mis favoritas fue donde sale una hilera de niñas pequeñas, levantando carteles hechos por ellas mismas, exigiendo sus derechos y gritando en nombre de todas nosotras, jamás me había conmovido tanto alguna escena. La última y menos importante, fue a dos mujeres abrazándose en medio del caos que había entre los policías y las anarquistas. Su abrazo parecía ser sincero y puro, también mostraban gratificación por tener unos brazos en donde resguardarse cuando todo su al rededor se derrumbaba.

Al llegar a la brecha final (el zócalo), mis amigas y yo estábamos agotadas, pero no importaba, porque nos sentíamos seguras y nos sentíamos fuertes, sentíamos que estábamos en el lugar correcto. Entendí que así era, porque mientras mi cerebro asimilaba tanta información, yo solo podía pensar en él como me había sentido tan segura, libre y en paz al caminar por las calles con mi falda corta y mis medias rotas. Jamás me sentí juzgada, jamás me sentí humillada y jamás sentí temor de nada; con eso comprendí que la lucha continuaba y que no debemos descansar hasta lograr que cada mujer en el planeta se sienta así, justo como yo me sentí ese día.