Por: Sonograma staff

Fue fácil pensar, o mejor dicho, creer que en el sector creativo y artístico, las cosas eran diferentes en el tema de la violencia de género, la discriminación y el abuso sexual… hasta ahora.

Tal vez naturalizamos los favores sexuales a cambio de fama, o que el rockstar era un semiDios y todas las fans querían acostarse con ellos, salir de gira y embriagarse en el backstage.

Molotov escribió el carnal de las estrellas, dedicado a un productor, habrá que actualizar la letra a escritores, directores creativos y músicos, porque parece encajar.

Hace unas semanas el movimiento #METooMusicos se enfrentó a un precedente único, al suicidio del músico Armando Vega-Gil. Y es que como todos sabemos, el músico dejó una carta donde explica su situación respecto al movimiento donde fue señalado.

Los reflectores y la prensa arribista cubrió los sucesos a detalle, sin embargo además de la denuncia hacia el ex bajista de Botellita de Jerez, se sumaron otras 143 denuncias, mismas que pasaron desapercibidas sin mayor resonancia a diferencia de la cobertura del suicidio del músico. Después de esto, el movimiento fue señalado, criticado y hasta estimulo los rencores más bajos de algunos, creando #MeTooHombres.

#MetooMusicos

Volviendo al tema del #MeTooMusicos, dentro de algunas denuncias, músicos señalados lo negaron dando sus argumentos, muchos otros tuvieron que salir a escribir cartas o post de Facebook pidiendo disculpas a las víctimas y otros más fueron separados de sus bandas. Si bien, el caso de Vega-Gil fue el más sonado, los otros casos de denuncia en el sector creativo, más específico en la música, pasaron desapercibidos, por no decir ignorados.

Lo interesante de las denuncias hechas en redes sociales (que sí, son válidas) en la mayoría de los  relatos se encontraba un factor común, las víctimas eran fans de estos artistas.

Retomando el último caso de Elías Arauz de hawaiian gremlins, señalado por violación, la víctima después de algunos años encontró el momento para exponer su caso: “La primera vez que nos vimos, solo estuvimos en su habitación escuchando música y platicando, él parecía alguien normal, obviamente como yo era su “fan” todo lo que decía me parecía chingón”. Apunta en su post.

Parece que muchos de estos músicos señalados han interiorizado tanto la imagen de la grupie y del rockstar como un hombre deseado todo poderoso que en automático el ser fan mujer, es sinónimo de posibilidades de sexo, incluso no consensuado.

La fama, la pose y el rockstareo han ejercido su poder y sometimiento contra las mujeres, mismas que admiraban su arte y terminaron por pasar por la horrenda experiencia del abuso.

¿Cómo tratar estas situaciones cuando la víctima no sólo se enfrenta a la impunidad, a la violencia institucional a la hora de denunciar, a los fans (hombres, claro) del señalado, toda una escena cómplice de los abusos?

El #MeToo sigue siendo un movimiento necesario, donde debemos trascender del hashtag a la legislación de la violencia de género en estos sectores que carecen de protocolos contra dicha violencia en el sector creativo y artístico.

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