Por Sof Tellez
Fotos César Vicuña/OCESA

Creo que la razón por la que existen los “recuerdos” en Facebook y aplicaciones como Timehop es bastante básica: uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Ahí voy otra vez a contar mi experiencia personal antes de poder referirme al concierto de Interpol de ayer. Perdón, amigos. Hablar de música para mí es hablar de mi vida.

A los 18 yo todavía venía despertando del sueño pop que fue crecer en los 90. Pero en mi historia hay muy poquitas cosas que no se ven afectadas por una atracción erótica: conocí a mi primer novio “de verdad” y todo cambió. Él, siete años mayor que yo, trajo consigo mis primeros conciertos y las influencias musicales que habrían de cambiar por completo mi vida; él puso en mis manos Turn On The Bright Lights.

Junto con el álbum, me regaló una playera que todavía guardo, aunque su estatus ya es de prenda para dormir. Escuchamos el disco juntos muchas veces, pero mi verdadera conexión con él (con Turn On, no con el ex) sucedía en el ritual de escuchar música en mi cuarto.

Cuando Interpol vino a México por primera vez un par de años después, casi nos morimos en el WTC. El concierto del 2005 fue mucho antes de que existiera el Pepsi Center, en un cuarto grande que parecía que se iba a rendir durante los brincos en “Say Hello To to the Angels”. Ayer, 12 años después, caminaba rodeando el WTC y recordé la fila kilométrica del primer show. Era el mismo lugar, pero al mismo tiempo no era: la gente no traía corbata.

El de ayer fue mi quinto concierto de Interpol y puedo sostener que siguen sin ser una gran banda en vivo. Las canciones se les aceleran sin control y toman un ritmo desesperante. Paul Banks habla muy poquito con el público con todo y su español perfecto. A veces las voces de los demás miembros de la banda se pierden y los coros son un susurro desangelado. Pero escuchamos completo el Turn On The Bright Lights —y algunas canciones más—.

El Pepsi Center dista mucho de tener un sonido ideal pero si se acerca uno lo suficiente puede evitar que suene a caja de zapatos. El orden de las canciones fue exactamente que el del disco, las interpretaciones completamente apegadas a las versiones originales. Cuando tocaron mi canción favorita definitiva, “The New”, escuché la letra con atención por primera vez, casi como si nunca la hubiera entendido de verdad.

Agregaron, como bonus track, “Specialist”, una canción que bajé de Napster porque no venía en la versión de Turn On que llegó a México. Y como regalos adicionales “Not Even Jail” e “Evil”, de Antics (ahora deberían hacer una gira para celebrar este otro discote), entre otras de los discos que a mí ya no pudieron importarme menos. No tocaron “C’mere”, pero en una de esas la guardaron para el segundo concierto que es hoy.

Hace ya mucho que dejé de llamarme fan de Interpol, pero nunca dejaré de mamar Turn On The Bright Lights. Muchos de los mejores momentos de una parte de mi vida están relacionados con este disco y escucharlo completo en vivo fue hasta necesario.

Rodeada de tanta gente y con tanta distancia entre el escenario y yo, sólo me quedó cerrar los ojos y transportarme al cuarto donde me encerraba a leer el booklet y cantar las canciones, un viejo sitio donde amé la vida.

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