Por Idalia Sautto
Fotos Alex Tapia

1.

Preferí comenzar a grabar mi voz y enviar lo que sucedía en una grabación. Después lo borré. No sabía si lo que decía tenía un tono que pedía compasión. Ese sentimiento que muchas veces me ha causado repulsión cuando lo siento venir de las personas que se sienten desgraciadas por alguna circunstancia.

Cuando estuve en la calle de Nápoles y Londres, minutos después del terremoto, el cuerpo entero me temblaba. Traté de recordar unas clases de meditación que tomé hace años. Quedarme quieta, observar todo a mi alrededor, como si fuera un venado. Me di cuenta que los dientes adentro de mi boca temblaban, no podía impedirlo. Algo muy dentro de mi ser me impidió llorar. El miedo convertido en pánico, pánico convertido en sobrevivencia.

¿Y qué si hubiera muerto? ¿Y si hubiera estado entre los escombros y me hubieran rescatado después de tres días? ¿Quién sería entonces? ¿Quiénes somos? ¿Qué es lo más importante? ¿Mi vida seguiría igual? ¿Mismos grupos de Whatsapp, mismas personas, mismos compromisos, mismas preocupaciones laborales? Si hubiera estado ahí entre los escombros del edificio vecino, yo, ¿sería la misma?

No.

Mi cuerpo siguió temblando después de varios días. Decir que uno está bien es sinónimo de decir que estamos vivos, vivos pero no bien, vivos con heridas que no se notan en la piel. Vivos que temblamos con nuestra respiración.

2.

¿Estás vivo?
¿Quién eres?

La semana del temblor, casi todos los días escribí, quizá para mí misma: estoy bien.

Arrojados de nueva cuenta a la vida pero con otra idea de la vida, quien diga que sigue igual es porque lleva mucho tiempo muerto.

Fui a cortarme el cabello. Desperté y me dieron pena las puntas torcidas de mi pelo. Tampoco quisiera morir aplastada así. La peluquería estaba llena. ¿La ansiedad, la tristeza, el horror nos lleva al cambio de imagen?

Recordé que Georgina una vez me comentó que en la urgencia del hospital en donde trabaja había atendido a una mujer atropellada, es un protocolo romper con la tijera la ropa que se trae puesta, los calzones de esa chica estaban viejos y rotos. Fue la primera vez que pensó que ella misma podría sufrir un accidente, desde entonces intenta siempre traer buenos calzones, qué pena con los paramédicos que te rescatan unos calzones viejos, como ella los vio.

Si un terremoto no puede cimbrar nuestra vida cotidiana entonces leer este texto es una pérdida de tiempo, si viviste el temblor en la ciudad de México y no hiciste nada al respecto, nada es nada, quizá es porque estás muerto desde hace mucho y no lo has notado.

En Twitter leí una persona que puso: tengo una lista larga de personas que alv después de ver sus reacciones ante el sismo.

Poco antes de que fuera el sismo había vuelto mi cuenta de TW privada en lugar de pública, mi instagram cerrado igual. Con el sismo abrí el TW porque pensé necesario informar y llevar ayuda a través de la Brigada de Luz que me adoptó para formar parte e iluminar por las noches en donde todavía se recataban personas.

Yo también tengo una lista larga de personas que no me interesa volver a ver.

3.

¿Quién eres después del temblor?
Supongamos que eres un sobreviviente. Supongamos que no fue necesario quedar sepultado bajo tu edificio ¿quién eres?
¿Quién eres?

Hace dos horas Facebook me notificó que mi foto de perfil temporal había sido cambiada por la anterior. No me había percatado de que Facebook tiene una caducidad para el tren de la novedad. La perrita Frida estuvo en mi foto de perfil durante una semana, exactamente.

Yo la hubiera dejado ahí hasta que me hartara o me decepcionara o sintiera que ya está vieja. No sé, ¿Facebook sabe cuándo se acaba un duelo?, ¿cuándo se acaba el amor?, ¿cuándo se acaban las amistades? Si bien es un lugar común pensar que el tiempo de estos sentimientos es muy relativo, el temblor no sólo nos conmovió como sociedad, también ha sepultado a muchas personas que pensábamos que existían. No es necesario que le caiga un edificio encima.

Ayer platicaba con una amiga sobre algunas amistades en común, ella me respondió, ay Idalia, a mí se me acabó el saldo amigo en 1987. Qué te digo.

A mí se me acabo hace quince minutos. Tolerancia cero, mecha corta.
La cruda del terremoto, sí, todavía.