Por Estefanía

“Tenemos que construir una gran sororidad entre nosotras, una ética de apoyo entre las mujeres, una ética de no traición, de no exclusión, una ética en la que antes que cualquier amor del mundo, esté mi respeto por otra mujer”,
Marcela Lagarde.

En un foro feminista en Internet para mujeres feministas ocurre cada experiencia e interacción que pone a prueba la solidaridad con la que cuentan estas usuarias con las otras. Hubo una publicación que me sacó lágrimas y asombro de la experiencia de una usuaria que necesitaba ayuda de otras en un momento importante. Fue una muestra de hermandad muy básica, pero considerando los tiempos resultó muy significativa.

En este grupo he visto mujeres que acompañan a otras a hacer un aborto para que no vayan solas.

Las he visto ofrecerse para cuidar a un pariente enfermo en un hospital aunque ambas sean desconocidas. “Mejor que mis hermanos y primos reales”, han exclamado en agradecimiento por la voluntad de ayudar a otra mujer en problemas sin preguntar nada.

En esa ocasión una chica puso un post en el que pedía ayuda porque se había metido algo que “se supone era LSD”. Comentó lo hizo desde el día anterior y el efecto no pasaba. Explicó que era su primera vez y que no podía dormir, que qué le recomendaban hacer.

Temía fijarme en los comentarios porque pensé que encontraría a usuarias cuestionándola o rechazando darle ayuda. Por supuesto, me tragué mis propias ideas del mundo exterior que juzga a mujeres sin conocerlas, porque al ver los comentarios descubrí que había muchas mujeres dispuestas a ayudarla durante el proceso.

Intrigada porque nunca he probado el LSD, quise saber si este efecto era normal para empezar y también si ella iba a estar bien.

En los comentarios le decían que permaneciera “tranquila” y otros resultaban bastante informativos. Incluso le hicieron ofertas de acompañamiento, le dieron sus celulares para que les marcara y le ofrecieron cuidarla. Algunas le deseaban lo mejor y que pasara pronto.

La publicación tenía decenas de comentarios entre los que algunas le dijeron que lo mejor que podía hacer era tomar leche o poner algún tipo de material audiovisual para disfrutar su “viaje”. Le dijeron que era normal. Otras también le confesaron que la primera vez que tomaron LSD tampoco pudieron dormir durante días.

Al otro día, la usuaria regresó al foro a agradecerles a todas por preocuparse por ella y por haberla calmado, pues estaba muy espantada. Entre algunos consejos que recogió con esta experiencia, fue estar con personas de confianza que puedan ayudarla en caso de emergencia.

La enseñanza que a mí me dejó fue que a las mujeres nos enseñan a cuidar de otros siempre antes que a una. Pero para cuidar a otras personas (sea por lazos directos o simple hermandad), debemos aprender a cuidarnos nosotras.

Porque también nos enseñan que la siguiente persona que respetaremos será esa “pareja sexoafectiva” pero también están nuestras amigas y nuestras hermanas y la red de mujeres que tejemos o que nos teje el entorno.

De hecho, la insolidaridad entre las mujeres es una construcción social que no inventaron las mujeres.

“Sin capacidad de elegir ni de decidir, las mujeres estamos siempre compitiendo por los hombres, por un hombre”, dice Lagarde, antropóloga.

También competimos por un lugar en el mundo. Cómo no va a ser así si tan solo en Alemania hay más hombres llamados Thomas dirigiendo una empresa, que mujeres dirigiendo empresas según el NYT. ¿¡Cuántos CEOs en el mundo pueden llamarse Thomas?!

La muestra de que las mujeres podemos dejar todas las diferencias por ayudar a otra mujer en apuros, ya sea con una toalla femenina, con una denuncia, con escucharla, con ayudarla a crecer (porque si crece una crecemos todas). Así vamos ocupando los espacios que redes de hombres tienen y mantienen –ya sea de manera consciente o no– y que no nos contemplan por no figurar en su entorno.

De acuerdo con Marcela Lagarde, el patriarcado (que existe) se sostiene en una ideología que hace que las mujeres valoremos por encima de todo la relación de amor con un hombre, y no la relación de respeto con nuestra congéneres.

“Hay que estar claras: una mujer que traiciona a otra mujer se está traicionando a sí misma.”

Porque si pedimos que allá afuera nos tomen en cuenta, nosotras primero debemos hacerlo.

Y que sus viajes figurativos o literales estén llenas de otras personas desinteresadas que sólo les muestren el camino.