The Antlers - Hospice

Spotify genera cada semana una playlist llamada “Descubrimiento semanal” en la que hace una selección de música que supuestamente no he oído, pero según las cosas que sí escucho, me podría gustar. Prefiero ponerla en shuffle e ir “descubriendo” las canciones una por una. Las comillas no son gratuitas.

No sé nada de algoritmos, pero este de Spotify seguido da en el clavo. Muchas de sus recomendaciones terminan en mi lista de favoritos y en playlists para meterme a bañar o recorrer la ciudad en transporte público. Pero otras canciones, un número importante también, están lejos de ser un descubrimiento. Y aquí Spotify da en un clavo completamente distinto.

A veces la playlist no me recomienda cosas nuevas. El problema no es el algoritmo, sino que algunas de las canciones que aparecen en el descubrimiento eran habitantes de mi corazón desde mucho antes de que la música pudiera escucharse en un dispositivo móvil por medio del streaming. Entre ellas veo a “F.E.E.L.I.N.G. C.A.L.L.E.D. L.O.V.E.”, de Pulp. Different Class llegó a mí en la preparatoria, cuando me lo prestó un chavo al que apodaban “el Torpe”. Ojalá algún día pudiera recordar su nombre para agradecerle por Different Class, por OK Computer y The Wall. El Torpe era un tipo sensible con pelo largo y lacio, mucho más alto y fuerte que todos los demás. Podía haber provocado miedo entre los de la prepa, pero decidió dejar que le llamaran el Torpe, prestar sus discos y seguir con su vida. Ojalá recordara su nombre.

También veo por ahí “The Only Living Boy in New York”, de Simon & Garfunkel. Algoritmo, no sabes nada. Esa canción la tocaba y la cantaba una de las personas que más me han querido en la vida. A ese muchacho le gustaba tomar su guitarra y agotar a Paul Simon. Grababa algunos de los covers y yo pasaba días enteros oyendo sus versiones. Algo que no entiendes, algoritmo, es que la música la oíamos en discos quemados, a veces originales, pero esto último casi siempre no.

¿The Antlers? Bitch, please. Compré un boleto de avión a Los Ángeles nomás para ir a verlos en el Echo. Hospice fue mi disco favorito en 2009 y buena parte de 2010. Lo tengo físicamente, en vinil, autografiado. Después sacaron tres discos que jamás entendí ni aprecié. Dejé de escuchar a The Antlers, sí, pero fue más culpa suya que mía.

Ahora me quieres recomendar a Beach House. A principios de esta década alguien me rompió el corazón y el Teen Dream entero fue mi himno. Lo escuchaba todos los días con la firme intención de sentir que me volvían a romper el corazón. Era un puente extraño que intentaba tender con la persona que ya no estaba, como si la tristeza me ayudara a mantenerla cerca. Luego me empezó a dar repelús y suspendí mi relación con la banda.

Me estás diciendo que no he escuchado “22: The Death of all the Romance”, de The Dears. La descubrí cuando tenía 22 años y de verdad creía que todo romance había muerto. Actualmente tengo 32 y he dejado de romantizar esa idea porque ahora sí me consta. Escuchar la canción ya no me llega tanto. Pero todavía puedo cerrar los ojos y recordar la épica –pobre adjetivo, ya tan gastadito– presentación de la banda canadiense en el Polyforum. Recuerdo a mis amigos, cómo nos abrazamos, lo afortunada que me sentí y lo lejana que estaba la idea de que un algoritmo me iba a decir algún día que me sugería escuchar a The Dears.

No siempre escucho el descubrimiento de Spotify. A veces simplemente se me olvida que existe y dejo que pasen semanas sin pelar la playlist que es innovadora y retro al mismo tiempo. Me quedo pensando en las cosas que entierro profundamente en mi memoria… ojalá un día algún algoritmo les dé la oportunidad de ser redescubiertas, aunque no sea esa su intención.