He ido a festivales en Montebello, North Haverbrook y Cocula porque me encanta el ambiente que se genera cuando un montón de personas se juntan para ver a las bandas que les gustan una tras otra. La excitación es general y el alcohol y las drogas ayudan.

Cuando empecé a ir a festivales en México, el caos reinaba. Recuerdo que hubo un Vive Latino en el que se acabó el agua. Así: se acabó el agua. No le podías jalar al baño y lo único que podías beber era cerveza. También recuerdo aquel Manifest en el que el frío era insoportable y no había ni dónde resguardarse. Sólo polvo y filas kilométricas para el baño, la comida y básicamente para todo. Ni qué decir del Colmena en casa de la chingada del que no podías salir sin caminar barranco abajo por horas. Ese día llegué a la casa de ustedes a las 4 de la mañana, con ganas de asesinar.

Esas experiencias infernales ayudaron a pavimentar lo que tenemos hoy: festivales bien bonitos. En particular, yo amo Nrmal porque cada año me encuentro a gente que me cae bien y casi invariablemente a dos o tres exnovios, que también me caen bien. Este 2017 no conocía a casi ninguna banda. Pero como siempre compramos los boletos early bird sin conocer el cartel, mi mejor amiga y yo lo hicimos de nuevo para esta edición, emocionadas por las bandas e intérpretes nuevos que íbamos a descubrir. La experiencia siempre es grata y esta vez no fue diferente.

Dejé que mis amigos decidieran qué bandas veríamos y así llegué a Trementina, Running, Holy Wave, Moon Duo y Brian Jonestown Massacre. Nada me gustó especialmente, pero Nrmal, siendo un festival redondo, complementa la experiencia musical con otras cosas.

 

 

En primer lugar: qué chida oferta de bebidas alcohólicas. La cerveza que vendían estaba algo cara pero con dos vasos dobles ya empezabas a ver… doble. También había coctelitos con rodaja de fruta y whatnot.
En segundo lugar: los foodtrucks. Esta tendencia a mezclar festivales de música con gastronomía que se ha acrecentado con los años ME ENCANTA. Te puedes sentar tranquilamente a comer taquitos tailandeses o quesadillas o lo que quieras de los diferentes camiones mientras empieza la siguiente banda que quieres ver.
En tercer lugar: el pasto. ¿Qué? Pus sí. No es el piso polvoso del Foro Sol, es un pastito en el que te puedes acostar o sentar a platicar con tus amigos sin problema.
En cuarto lugar: las gradas. “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”, dice mi mamá. Luego de pasar varias horas de pie, nada se agradece tanto como sentarse en un lugar cómodo desde donde se puede ver la acción sin tener que estar entre la chusma. Y no hay que pagar cargos extra ni nada.

 


Finalmente, la diversidad es hermosa. En el festival veías a chicos con falda tomados de la mano, besándose. Por ahí había una morra desnuda nomás con la piel pintarrajeada. Había gente con perros, gente con niños no-perro, gente mayor, gente estúpidamente joven, un dude vendiendo ácidos a cien pesos (sí estaban buenos, dicen). Raperos, punks, jipis, lo que se les ocurra. Todo el mundo en su pedo, sin meterse con los demás. This is the future that liberals want.

Por lo menos durante un ratito, parece que las cosas no están mal. Y esa sensación hay que atesorarla. Gracias, Festival Nrmal, por darnos un año más de esperanza en el futuro; no te acabes nunca.