Llegar no fue difícil. La línea 4 del Metrobús me deja justo en la plaza de San Juan, un lugar gris pero extrañamente vivo. Atravieso un parque (y algunas miradas furtivas) para escuchar los primeros gritos: ¿¡Qué busca!? ¿¡Algún queso, baguette!? El festín apenas se asoma.

Tengo claro mi presupuesto: 200 pesos, ni uno más, ni uno menos.

Se impone una mezcla de escenas, personajes y conversaciones: Un local con azulejos blancos aloja cadáveres de pollos y pavos en medio de cubetas con tripas y sangre. En el local vecino, sin embargo, una familia toma vino y se complace con tapas de jamón serrano, queso y aceite de oliva.

Aquí no hay mesas largas de madera, maquillaje o un dj mezclando al ritmo de una licuadora que revuelve mojitos. Esto SÍ es un verdadero mercado gourmet.

Son las tres de la tarde. Sujetos barren hielo o esperan a los hambrientos que buscan algo más que una comida corrida. El lugar es famoso por sus carnes exóticas y sus quesos gourmet, así que pregunto cuánto cuesta el queso más caro… Alguien me responde rápido: 75 mil el kilo.

Sólo tengo que observar para darme cuenta que aquí la clave es preguntar. “¿Esto qué es?” “¿Cuánto cuesta?” “¿A qué sabe?” ¿Lo compran seguido?”.
En automático, se cortan trozos, se muestran tapas, sacan bichos de frascos y sirven traguitos de mezcal.
En 10 minutos pruebo unos seis tipos de quesos, unas tapitas y chapulines sazonados con ajo, limón, con chile y naturales.

Incluso un hombre me regala un vasito con mezcal y un escarabajo que sabe a tierra. A él le compro 100 gramos de chapulín con ajo y limón.
Se van los primeros 50 pesos.

 

Mi paladar ha experimentado varias novedades y todavía me restan 100 pesos.

Decido caminar por uno de los últimos pasillos.

Casi al final, una mujer llama mi atención con una magnífica oferta: Una baguette que incluye degustación de quesos, vino y postre.

Pido una que entra justo en el presupuesto: Pechuga de pavo y queso edam holandés con salsa de chapulín. (100 pesos)

Inicia el festín: me traen un platito con dos trozos de pechuga de pavo, salami, queso gouda con pesto, cheddar inglés, edam holandés y queso emmental suizo. ¡Ah! y la primera copa de vino…

Después llega el baguette…. y otra copa de vino. Luego, otra más.

Por último, el postre: pan rústico con queso mascarpone, miel de tlaxcala y nuez…. y la cuarta copa de vino. Obviamente a estas alturas ya estoy un poco borracha.

Rompo el límite de los 200 pesos y desembolso un poco de cambio para la propina, pero -deben admitirlo- la tenían bien merecida.

Finalmente salgo de San Juan de Letrán con el estómago lleno, el paladar satisfecho y un “¡Adiós!” que me grita el sujeto de las rastas.

 

Fotos: @Isela_hin

Texto: @awackycreature